Biografía de Santa Teresa de Jesús

Retrato de Santa Teresa de Jesús, realizado por Francois Gerard. Crédito: Wikipedia Retrato de Santa Teresa de Jesús, realizado por Francois Gerard. Crédito: Wikipedia

Santa Teresa era de apellidos Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, aunque generalmente usó el nombre de Teresa de Ahumada hasta que entró en la Orden de las Carmelitas, cambiando entonces su nombre por Teresa de Jesús.

Fue una mujer tan extraordinaria y tan fuera de serie, que incluso durante su vida las universidades, el mundo académico en general y la Iglesia, no vacilaron en reconocer de forma espléndida su valía.

Desde que fue incluida entre las santas de la Iglesia por el Papa Gregorio XV, el 12 de marzo de 1622, se la conoce como Santa Teresa de Jesús. Cinco años después, en  1627, el Papa Urbano VIII la designó como Patrona de España.

Fue nombrada Doctora Honoris Causa por la Universidad de Salamanca, y posteriormente fue designada patrona de los escritores. En 2015, la Universidad Católica de Ávila también la nombró Doctora Honoris Causa.

Universidad Salamanca
Biblioteca de la Universidad de Salamanca, en donde Teresa de Avila fue declarada Doctora Honoris Causa. Crédito: web elcorso.es

La Iglesia católica como institución, no reconocía oficialmente el magisterio de la vida espiritual realizado por una mujer. De hecho, se abortaron todos los intentos de sus devotos, en ese sentido.

Finalmente, en 1970, bajo el pontificado de Pablo VI, santa Teresa de Jesús se convirtió en la primera mujer elevada por la Iglesia católica a la condición de Doctora de la Iglesia.

Leyendo los versos reseñados a continuación, se puede deducir que tenía una vena lírica extraordinaria.

Efectivamente, su producción poética mística y literaria fue inagotable y de altísima calidad. Vayan unos pocos versos, demostrativos de la calidad de los escritos por santa Teresa.

Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí.

Cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero
. 
Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero
.

Era una cristiana convencida y pletórica de amor a Dios. Además fue  una mujer hiperactiva, era una fuerza de la naturaleza, totalmente decidida a llegar hasta el fin en los múltiples proyectos que decidió acometer  para mejorar la vida religiosa tal como ella la concebía.

La gran cantidad de conventos que fundó, no se explican sin el poder de persuasión, la capacidad de organización, la simpatía (uno de sus biógrafos dice que era hermosa, alegre y que cuando ella reía, todos reían), la tenacidad y la abnegación inagotable de una mujer del siglo XVI que lograba ganarse a todo el mundo: Papas, obispos, abades, nobles, monjas y religiosos.

Su abundante y prodigiosa producción literaria se debe agradecer en gran parte a los sucesivos “directores espirituales” que tuvo, y que le fueron ordenando que escribiera sus memorias y sus poemas místicos.

En esos años, todos los cristianos, desde el más humilde hasta los reyes y el mismo Papa, tenían un director espiritual. Y éste no sólo aconsejaba, sino que ordenaba; lo que él decía, se cumplía.

San Francisco de Borja
San Francisco de Borja, escultura realizada por Juan Martínez Montanés, pintura de Francisco Pacheco.

El padre de Teresa era Alonso Sánchez de Cepeda, hijodalgo de España. El abuelo, Juan Sánchez de Toledo, era un próspero comerciante de origen judío converso. La madre, Beatriz Dávila y Ahumada tuvo 10 hijos.

Teresa nació el 28 de marzo de 1525, y fue la tercera. Su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, había tenido 2 hijos de un matrimonio anterior.

En suma, que Teresa tuvo que competir con otros 11 hermanos, de los cuales sólo 2 eran también mujeres. Un buen dato para sospechar el origen de la combatividad que siempre demostró la futura Santa Teresa.

Además de los hermanos, estaban los primos, varios de ellos de su misma edad, lo que posibilitaba los juegos, las aventuras y las picardías infantiles.

Murallas de Avila
Avila fue la ciudad en donde residía la familia de Teresa. Crédito: web de flickr.com

Sus padres eran aficionados a las lecturas piadosas y a los romanceros. Esto contribuyó al despertar de la imaginación y de la inteligencia de la pequeña Teresa.

Es muy conocida la anécdota que protagonizó con su hermano Rodrigo, cuando tenían  6 o 7 años. Ambos decidieron escapar a tierras de moros, pensando en sufrir allí el martirio. Emprendieron el viaje pidiendo limosna, para que allí los degollaran.

Felizmente, uno de sus tíos los encontró a poco de salir de la ciudad y los trajo de vuelta al hogar.

Viendo que su proyecto era irrealizable, los dos hermanos acordaron convertirse en ermitaños y se instalaban durante horas en una huerta que había en casa.

Su madre falleció en noviembre de 1528,​ cuando Teresa tenía trece años. Esta muerte fue un gran trauma para la familia Cepeda Ahumada.

Sus hermanos  emprendieron uno a uno, incluso su hermano Rodrigo, el camino de las Indias Occidentales; ninguno quedó en el hogar familiar.

En 1531, por decisión de su padre, Teresa ingresó como alumna interna en el colegio Santa María de Gracia, dirigido por las monjas agustinas. ​

Al año siguiente, 1532, debido a una enfermedad, fue llevada a casa de un tío, y luego, a la de su hermana María quien se había casado y vivía cerca de Ávila, en Castellanos de la Cañada. ​

En cuanto mejoró su salud retornó al hogar paterno y ejerció como dueña de casa durante unos tres años.

En 1536, le expresó a su padre el deseo de ser monja. Se encontró con una recia oposición por parte de Don Alonso Sánchez.

Pero Teresa ya tenía 21 años y dejó la casa paterna el 2 de noviembre de 1536, para ingresar en el convento de la Encarnación, de las Madres Carmelitas.

En aquella comunidad de casi 180 monjas, se encontró muy a gusto compartiendo trabajo, oraciones, lecturas y alegrías con sus  ​hermanas religiosas.

Convento de la Encarnación
Convento de la Encarnación, en Avila. Crédito: Wikimedia. Discasto

Sin embargo, a poco de entrar en el convento, su estado de salud se deterioró notablemente, padecía desmayos, una cardiopatía y otras molestias.

Perdió su jovialidad y la invadió una melancolía que terminó por generar un desequilibrio de orden psíquico.

Su padre decidió llevarla a casa de su hermana María, a la aldea de Castellanos de la Cañada, en donde permaneció desde el otoño de 1538 hasta la primavera de 1539. Fue un periodo de libertad espiritual, sin la disciplina estricta del convento.

Ante la aparente mejoría, regresó al pueblo de Becedas, cerca de Ávila. Pero, el 15 de agosto de 1539  sufrió un ataque repentino y violento, con  una serie de convulsiones, seguidas de pérdida de conocimiento y un coma profundo de nivel 3 que duró cuatro días.

Más adelante, ella misma narró cómo fue esta terrible experiencia: “Quedé de estos cuatro días de paroxismo, de manera que sólo el Señor puede saber los insoportables tormentos que sentía en mí: la lengua hecha pedazos de mordida; la garganta, de no haber pasado nada y de la gran flaqueza que me ahogaba, que aún el agua no podía pasar; todo me parecía estaba descoyuntada; con grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo […] sin poderme menear, ni brazo ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviese muerta, si no me meneaban; sólo un dedo me parecía poder menear de la mano derecha. […] En una sábana, una de un cabo y otra de otro, me meneaban.”

Becedas
Becedas, pueblo situado cerca de Avila. Crédito: web becedas.info

A mediados de 1539, Teresa recuperó la salud y se trasladó nuevamente al convento de la Encarnación, donde recibía frecuentes visitas.

Con la salud, Teresa recuperó también las aficiones mundanas, fáciles de satisfacer en ese tiempo, puesto que la clausura sólo se impuso  a estas religiosas a partir de 1563.

El padre de Teresa falleció en 1541.

En 1555, los jesuitas fundaron en Ávila un colegio de la Compañía de Jesús. Santa Teresa conoció ahí a San Francisco de Borja y eligió como confesor a uno de los jesuitas, Baltasar Álvarez quien la dirigió espiritualmente durante 6 años.

Teresa llevaba algún tiempo descontenta con la relajación  en el cumplimiento de las normas religiosas en la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Decidió trabajar para reformar la Orden, y para ello quiso fundar en Ávila un monasterio en el que se practicara la estricta observancia de la regla de su Orden, que comprendía la obligación de la pobreza, de la soledad y del silencio.

Pidió consejo a los jesuitas Francisco de Borja y  Pedro de Alcántara, quienes aprobaron su proyecto.

A fines de 1561, Teresa recibió cierta cantidad de dinero que le remitió desde Perú uno de sus hermanos.

Fue una providencial ayuda económica para llevar a cabo la fundación del proyectado monasterio, que se llamaría Convento de San José.

Convento de San José
Convento de San José, de las Carmelitas descalzas, fundado por Teresa de Avila. Crédito: Wikimedia. Zarateman

En 1562, una bula del Papa Pío IV autorizó la fundación del Convento de San José, en Ávila.

Se inauguró dicho monasterio el 24 de agosto de 1562; tomaron el hábito cuatro novicias en la nueva Orden de las Carmelitas Descalzas de San José.

En la ciudad se produjeron alborotos, y Teresa fue obligada a regresar al Convento de la Encarnación.

Una vez calmados los ánimos, las autoridades religiosas permitieron que Teresa volviera al Convento de San José, en donde permaneció 4 años.

Las religiosas seguidoras de la reforma de Teresa de Ávila, dormían sobre un jergón de paja; llevaban sandalias de cuero o madera; consagraban ocho meses del año a los rigores del ayuno y se abstenían por completo de comer carne. Teresa no quiso para ella ninguna distinción especial.

En 1567, las autoridades religiosas dieron permiso a Teresa para fundar otros conventos de mujeres y dos de hombres.

Así fue como empezó una vorágine de viajes, reuniones y gestiones que desembocaron en la fundación de conventos por gran parte de la geografía de Castilla: Medina del Campo, Alcalá de Henares, Valladolid, Toledo, Pastrana, Alba de Tormes, Ávila, Segovia, Salamanca, Malagón, Beas de Segura, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria y finalmente Burgos.

Un total de 17 conventos de mujeres, en menos de 14 años.

Convento Carmelitas Rioja
Convento de las Carmelitas de Rioja, uno de los muchos conventos fundados por Teresa de Avila. Crédito: Wikimedia. Zarateman

En el convento de La Encarnación, de Ávila, fue elegida Priora y desempeñó este cargo durante 3 años. En el convento de Alba de Tormes, vivió durante todo el año 1574.

Para valorar el mérito de llevar a cabo estas fundaciones, hay que tener presente que en el siglo XVI las carreteras, los medios de transporte y la seguridad en los caminos no eran ni la sombra de lo que podemos disfrutar en el siglo XXI.

Por otra parte, la captación de tantos medios económicos sólo puede haber sido posible con mucho poder de persuasión, gran simpatía personal, una capacidad de gestión enorme y el respeto de las autoridades hacia una “monja” que era capaz de conquistar sus corazones y abrir sus bolsillos.

En los primeros años de su vida, no escribió nada importante. Posiblemente, a consecuencia de las numerosas enfermedades que empezaron en su juventud y que le causaban terribles sufrimientos.

Después, a partir de los 41 años, experimentó intensas experiencias místicas, que ella consideraba como de origen divino y que le provocaban una indecible paz y el anhelo de servir a Dios y al prójimo.

Teresa cultivó la poesía lírico-mística. Llevada de su entusiasmo por la poesía, no se dedicó tanto a la imitación de los libros sagrados, como “El cantar de los cantares”, sino que desarrolló sus propias inspiraciones. Sus versos son fáciles, de estilo ardiente y apasionado, nacidos del amor ideal a Dios

Las obras místicas más importantes de cuantas escribió la santa se titulan: “Camino de perfección”, “Conceptos del amor de Dios” y “Las moradas”.

Además de estas tres, hay que mencionar “Vida de Teresa de Jesús”, “Libro de las relaciones”, “Libro de las fundaciones”, “Libro de las constituciones”.

Y muchos otros, dedicados a la organización de los conventos: “Avisos”, “Modo de visitar los conventos de religiosas”, “Exclamaciones del alma a su Dios”, “Meditaciones sobre los cantares”, “Visita de descalzas”, “Ordenanzas de una cofradía”, “Desafío espiritual”, “Vejamen”.

El “Libro de su vida” lo escribió por mandato de su confesor, el dominico Pedro Ibáñez.  En todas las páginas  se perciben las huellas de una pasión viva, de una franqueza conmovedora.

Todas sus revelaciones atestiguan que creía firmemente en una unión espiritual entre ella y Jesucristo.

Veía a Dios, a la Virgen, a los santos y a los ángeles; de ellos recibía inspiraciones que aprovechaba para acrecentar la disciplina de su vida interior.

También escribió poesías, escritos breves y escritos sueltos. Santa Teresa escribió también 409 Cartas, publicadas en distintos epistolarios.

En todos sus escritos recomienda la oración como el modo por excelencia de relación y comunicación con Dios. Los escritos de la santa se han traducido a varios idiomas.

La Inquisición vigiló muy de cerca todo lo que ella deseaba publicar, temiendo que hubiera textos que pudieran incitaran a seguir la reforma luterana iniciada ya en Europa, en el año 1517.

Muchos de sus textos están autocensurados, pues temía que el Santo Oficio pudiera acusarla de herejía.

Debido a este temor, ella misma quemó su manuscrito «Meditaciones sobre El Cantar de los Cantares«; lo hizo por orden de su confesor, pues la Iglesia prohibía la difusión de las Sagradas Escrituras en lengua romance.

El nombre de santa Teresa de Jesús figura en el Catálogo de Autoridades de la Lengua, publicado por la Real Academia Española.

La intensa actividad literaria y fundacional de Teresa no podía dejar de inquietar a las siempre presentes personas envidiosas.

Desde 1566, y durante 4 años sufrió duras persecuciones. Llegó un momento en el que Teresa acudió solicitando ayuda al rey Felipe II de España, quien tomó en sus manos el asunto.

Rey Felipe II
Retrato del Rey Felipe II , realizado por Antonio Moro. Crédito: Museo del Prado

En 1566,  la princesa de Éboli la denunció a la Inquisición española, por el Libro de su Vida.

En Sevilla, un confesor delató a la Inquisición las supuestas faltas de la priora de las Carmelitas Descalzas y de Teresa misma.

Una vez concluido el expediente destinado a investigar el ruidoso escándalo, quedó en claro la inocencia de ambas.

En 1578, Teresa sostuvo una fuerte polémica con el padre Suárez, provincial de los jesuitas.

Además, el Nuncio de la Santa Sede redobló sus persecuciones hasta el punto de pretender destruir la reforma de los Carmelitas, desterrando a los principales religiosos de esta Orden y recluyendo en Toledo a Teresa, por él calificada de “fémina inquieta y andariega”.

En una de sus cartas escrita desde Ávila, Santa Teresa llegó a decir a uno de sus confidentes: “nos hacen guerra todos los demonios, y es menester esperar el amparo sólo de Dios, y esto ha de ser con obedecer y sufrir, y entonces Él toma la mano”. ​

Por entonces se había presentado otra denuncia contra ella por el «Libro de la Vida«.

A principios de 1579. comenzó a calmarse la tempestad contra Teresa y su reforma.

Pasaba de los cuarenta y tres años de edad, cuando por vez primera vivió un éxtasis. Sus visiones se sucedieron sin interrupción.

Sus directores espirituales le prohibieron que se abandonase a estos fervores de devoción y le ordenaron que resistiera a estos arrobamientos, en los que su salud se consumía.

Ella obedeció; pero, a pesar de sus esfuerzos, todo continuó igual. En esos momentos de éxtasis, abrasada de un violento deseo de ver a Dios, se sentía morir.

El 20 de septiembre de 1582, al llegar a Alba de Tormes, su estado de salud empeoró gravemente.

Recibido el viático y confesada, falleció en la noche del jueves 4 de octubre de 1582. Esta fecha coincidió con la implantación en España del  “calendario gregoriano”, que sustituyó al “calendario juliano”.

Alba de Tormes. Crédito: Wikipedia
Alba de Tormes. Crédito: Wikipedia

El cambio al nuevo calendario obligaba a eliminar 10 días,  por lo que al día de su fallecimiento, 4 de octubre, le sucedió el día 15 de octubre.

Esta circunstancia explica por qué no transcurrieron 11 días entre el día de su fallecimiento y el día de sus funerales.

Junto con Rosalía de Castro, es una de las grandes figuras de la poesía española, reconocidas internacionalmente.
Muchos años más tarde, por allá en 1666, una joven mexicana, muy inteligente y prodigiosa poetisa, entró en un convento de las Carmelitas, en Nuevo México. Se llamaba sor Juana Inés de la Cruz. Estuvo ahí poco tiempo, antes de profesar en las monjas Jerónimas.

Su cuerpo fue enterrado en el Convento de la Anunciación de Alba de Tormes, con grandes precauciones para evitar un robo.

Tres años después, la Orden de las Carmelitas Descalzas decidió llevar el cuerpo a Ávila.

La decisión provocó el rechazo de los Duques de Alba, que echaron mano de su poder para recuperar el cuerpo; consiguieron que el Papa Sixto V diera la orden, bajo pena de excomunión, de que el cuerpo fuera inhumado de nuevo en su sepulcro primitivo de Alba de Tormes. Allí permanece, bien custodiado y en un ataúd de plata.

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