Biografía de sor Juana Inés de la Cruz

Detalle de la cara de Sor Juana Inés de la Cruz. Retrato realizado por fray Juan de Herrera. Crédito: web cervantesvirtual.com Detalle de la cara de Sor Juana Inés de la Cruz. Retrato realizado por fray Juan de Herrera. Crédito: web cervantesvirtual.com

Juana Inés de la Cruz fue una religiosa mexicana que destacó de manera notable como escritora lírica. Es una extraordinaria exponente del Siglo de Oro de la literatura en español.

En cualquier selección de poetas famosas mexicanas, Sor Juana Inés de la Cruz, aparece en primer lugar. Esta singular mujer, ocupa un destacado lugar en la literatura española.

Cultivó la lírica, el auto sacramental y el teatro. Los críticos opinan que sus poemas y sonetos son sublimes y de una belleza única.
Uno de sus poemas es el siguiente:
Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

 Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?

 Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

 que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

Nacimiento y primeros años
Juana Inés de la Cruz nació en México, país conocido en ese tiempo como “Nueva España”. La fecha de su nacimiento es incierta, pero lo más común es situarla en el 12 de noviembre de 1648.

Juana fue la segunda de las tres hijas de Pedro de Asbaje y de Isabel Ramírez. Debido a que sus padres nunca se casaron por la iglesia, en algunas biografías, se dice que Sor Juana Inés de la Cruz era hija ilegítima.

Sor Juana Inés de la Cruz, en su testamento, afirmó que era: “hija legítima de don Pedro de Asbaje y Vargas, difunto, y de doña Isabel Ramírez”.

Sin embargo, doña Isabel Ramírez, reconoció por escrito que todos sus hijos, incluyendo a sor Juana, fueron concebidos fuera del matrimonio.

Pedro de Asbaje era oriundo de Guipúzcoa. En 1598, cuando todavía era un niño, su madre se fue con él a “Nueva España” (actualmente México) en compañía de la abuela viuda y del hermano menor de Pedro.

Isabel Ramírez era hija de un hacendado adinerado y culto, propietario de una gran finca que producía trigo y maíz.

Juana Inés pasó su infancia en esta hacienda de su abuelo. Allí aprendió náhuatl con los esclavos de la finca.

A muy temprana edad, aprendió a leer y a escribir gracias a las lecciones de su hermana mayor. Muy pronto descubrió la riqueza que albergaba la biblioteca de su abuelo y se aficionó a la lectura de los clásicos griegos y romanos.

Juana leía y estudiaba por su cuenta todos los libros que caían en sus manos.

Cuando falleció su abuelo materno, la niña Juana Inés se fue a vivir con María Ramírez, hermana de su madre, casada con Juan de Mata.
Vivió unos ocho años en casa de los Mata, desde 1656 hasta 1664.

Frontispicio de la hacienda de Panoaya, que perteneció al abuelo de Sor Juana Inés de la Cruz. Crédito: Wikipedia
Frontispicio de la hacienda de Panoaya, que perteneció al abuelo de Sor Juana Inés de la Cruz. Crédito: Wikipedia

Adolescencia de Juana Inés
En 1664, Juana Asbaje con dieciséis años se había convertido en una jovencita hermosa e inteligente.  Su fama de sabia llegó a los oídos del virrey, don Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera. El virrey la llamó a la corte para que sirviera como dama de compañía de su esposa, la marquesa Leonor.

La virreina, doña Leonor de Carreto, quedó encantada de inmediato por la inteligencia y sagacidad de Juana Inés. El ambiente culto y la protección de los virreyes marcaron decisivamente la vocación literaria de esta poetisa en ciernes.

Dos siglos más tarde, en Francia, otra bella y talentosa mujer fue también Dama de la Corte. Se llamaba Sarah Bernhardt y fue una de las actrices más famosas de la historia.

La corte virreinal era uno de los lugares más cultos e ilustrados de ese tiempo. El virrey Sebastián de Toledo celebraba frecuentes y fastuosas tertulias a las que acudían teólogos, filósofos, matemáticos, historiadores y todo tipo de humanistas. La “Real y Pontificia Universidad de México” era un foco que irradiaba cultura y sabiduría a raudales.

El siglo XVII es llamado en España el Siglo de Oro. Durante el reinado de Felipe IV brillaron exponentes como Luis de Góngora y Lope de Vega en la literatura; y Diego Velázquez y Bartolomé Esteban Murillo en la pintura.

Luego vino una decadencia en España, pero todo lo contrario sucedió en la Nueva España, bajo el gobierno de sus virreyes.

En calidad de dama de compañía de la virreina, la adolescente Juana, pudo desarrollar su intelecto y sus capacidades literarias. Se entretenía escribiendo sonetos, poemas y elegías fúnebres con los que luego deleitaba a la corte virreinal.

El virrey también le tenía un especial aprecio. La virreina, Leonor de Carreto fue la gran protectora de la precoz niña poetisa.

Juventud de Juana Inés
Quiso entrar a la Universidad, pero no lo consiguió pues las mujeres no tenían permiso para estudiar. Intentó hacerlo disfrazada de hombre, pero no le dio resultado.

A finales de 1666, la prodigiosa inteligencia de Juana Inés llamó la atención del sacerdote Núñez de Miranda, confesor de los virreyes. Es probable que este sacerdote le contratara por su cuenta a un profesor particular, Martín de Olivas. Este maestro le impartió lecciones de latín.

Juana Inés no quería casarse, pues el matrimonio la dejaría restringida a la vida mediocre y sometida de las mujeres de esa sociedad.

El padre Núñez de Miranda, se compadeció de ella y le propuso una solución intermedia: “esposa de Cristo”, como religiosa en un convento. Ahí podría desarrollar libremente sus aptitudes literarias.

Juana Inés ingresa en un convento de religiosas
Juana Inés Asbage Ramírez ingresó en un convento de la Carmelitas, en ciudad de México. Otra insigne poetisa española, Santa Teresa de Jesús, había fundado esta orden religiosa, un siglo antes. Pero la disciplina de las carmelitas era de una rigidez extrema; Juana Inés fue incapaz de soportarla y terminó enferma.

Su confesor le aconsejó entrar en la Orden de San Jerónimo, donde la disciplina era algo menos estricta. En ese convento, Juana tuvo a su disposición una celda de dos pisos y sirvientas.​

Fachada de la iglesia de San Jerónimo. En este conjunto conventual sor Juana vivió la mayor parte de su vida. Crédito: Wikipedia
Fachada de la iglesia de San Jerónimo. En este conjunto conventual sor Juana vivió la mayor parte de su vida. Crédito: Wikipedia

Los estatutos de esta Orden Jerónima eran muy flexibles. Le permitían estudiar, escribir, celebrar tertulias y recibir visitas. La virreina Leonor de Carreto, que nunca dejó su amistad con la poetisa, la visitaba frecuentemente.​

En este convento de San Jerónimo, en la ciudad de México, profesó como religiosa con el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz.

En esos años, siendo mujer, sólo la vida monástica pudo permitirle dedicarse a estudiar y a desarrollar una actividad literaria.

Sor Juana recibía un pago de la Iglesia por inventar letras de villancicos. También obtenía generosas retribuciones económicas de la corte virreinal cuando componía poesías, canciones y alguna obra de teatro.

Fueron los virreyes de la Nueva España, quienes publicaron los dos primeros tomos de las obras de sor Juana Inés de la Cruz en la España peninsular.

En 1674, la joven Sor Juana sufrió un duro golpe: el virrey de Mancera y su esposa fueron relevados de sus cargos. Y durante el trayecto a Veracruz, falleció doña Leonor de Carreto.

Sor Juana Inés le dedicó varias elegías a su gran amiga y protectora. Entre ellas destaca de manera especial “De la beldad de Laura enamorados”. En este soneto demostró su conocimiento y dominio de las pautas y tópicos petrarquistas imperantes.​

Retrato de sor Juana Inés de la Cruz, realizado por Miguel de Cabrera alrededor de 1750. Crédito: Wikipedia
Retrato de sor Juana Inés de la Cruz, realizado por Miguel de Cabrera alrededor de 1750. Crédito: Wikipedia

Obra literaria de sor Juana Inés de la Cruz
En 1680 tuvo lugar la toma de posesión de don Tomás de la Cerda y Aragón al frente del virreinato de Nueva España. A sor Juana se le encomendó la confección del “Arco de Triunfo” que adornaría la entrada de los virreyes a la capital. Con esta ocasión, ella escribió su famoso “Neptuno” alegórico.

Los nuevos virreyes quedaron gratamente impresionados por la extraordinaria inteligencia y sensibilidad de sor Juana. Desde el primer día le brindaron  su protección y amistad.

La virreina María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, condesa de Paredes, tuvo una gran admiración por esta excepcional poetisa. Poseía un retrato de la monja y un anillo que esta le había regalado. Cuando regresó a España, se llevó los textos de sor Juana para ordenar que se imprimieran.

Durante el gobierno don Tomás de la Cerda y Aragón (1680-1686) sor Juana Inés de la Cruz desarrolló gran parte de su obra literaria. En esta época dorada escribió versos sacros y profanos, villancicos para festividades religiosas, autos sacramentales y dos comedias.

También aceptó ser la administradora del convento de los Jerónimos.
Compuso gran variedad de obras teatrales:

  • Los empeños de una casa” es una comedia que, en algunas de sus escenas recuerda a la obra de Lope de Vega.
  • Amor es más laberinto”, es una obra teatral que fue muy alabada por la interesante caracterización de personajes.

Sus autos sacramentales revelan los conocimientos teológicos que poseía sor Juana Inés de la Cruz:

  • El mártir del sacramento” es una alabanza a San Hermenegildo,
  • El cetro de José” lo escribió para ser representado en Madrid.
  • También “El divino Narciso”, fue un auto sacramental encargado desde Madrid.

Sin embargo, la mitad de su producción son poemas amorosos. En su obra lírica, recurrió ampliamente a la decepción que se sufre en el amor.

Algunas composiciones poéticas, sor Juana Inés las redactó en honor a diversos personajes de la época.

Sor Juana recibía numerosos encargos de letras para villancicos. Por lo cual su fama como poetisa se hizo muy popular, tanto en México como en España.

La virreina María Luisa le pidió que compusiera unos poemas que desafiaran al ingenio de un grupo de monjas portuguesas aficionadas a la lectura.
Sor Juana Inés los denominó “Enigmas”. Estas monjas ya eran grandes admiradoras de su obra, pero lo fueron más todavía después de este singular regalo.

Última etapa de la vida de sor Juana Inés de la Cruz
Después de 1686, cambiaron las autoridades civiles y religiosas de Nueva España. Sus amigos y protectores habían muerto: el conde de Paredes, Juan de Guevara y diez monjas del Convento de San Jerónimo.

En ese tiempo, sor Juana Inés de la Cruz se vio sometida a las acervas críticas de un predicador jesuita, apoyado por el mismísimo obispo de Puebla.

En un escrito de este jesuita, que se hizo público, se decía que sor Juana debía limitar su ingenio a escribir sobre materias religiosas.

El obispo prologó la publicación del jesuita, con el seudónimo de “sor Filotea”. En este prólogo, también él recomendaba a sor Juana que dejara de dedicarse a las “humanas letras”. Le pedía que se dedicase en cambio a las divinas, de las cuales, según el obispo, sacaría mayor provecho.

Esto provocó la airada reacción de la poetisa. Como defensa, publicó el escrito “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”.

Este es una encendida defensa de su labor intelectual. En él sor Juana menciona a mujeres sabias de la historia y de la biblia, como Santa Catalina o Hipatia de Alejandría, con la que llega a sentirse identificada; critica las envidias de que es objeto y reivindica el derecho a la mujer al estudio y al conocimiento.

La “Respuesta a sor Filotea de la Cruz”, podría considerarse el primer escrito feminista de América.

Esta respuesta inició una polémica cuya violencia difícilmente pudo prever sor Juana. Al final,  se fue quedando aislada y sola.

Hacia el año 1693, sor Juana Inés dejó de escribir y decidió dedicarse más a labores religiosas.
No se conoce con precisión el motivo de tal cambio; los críticos católicos aprecian en ella una mayor dedicación a las cuestiones sobrenaturales a partir de la renovación de sus votos religiosos en 1694.​

Lo cierto es que fue obligada a dejar de escribir. No tuvo más opción que cumplir lo que las autoridades eclesiásticas consideraban tareas propias de una monja.

Gracias a Juan Ignacio María de Castorena Ursúa y Goyeneche, obispo de Yucatán, se conoce la obra que sor Juana tenía inédita cuando fue condenada a destruir sus escritos.

Últimos días en la vida de sor Juana Inés de la Cruz
A principios de 1695 se desató una epidemia de tifus, que causó estragos en toda la capital de Nueva España. En el convento de San Jerónimo murieron nueve de cada diez religiosas enfermas.

Sor Juana Inés cayó enferma poco tiempo más tarde, pues colaboraba cuidando a las monjas enfermas.

A las cuatro de la mañana del 17 de abril de 1695, murió Juana Inés de Asbaje Ramírez. Tenía 43 años.

En el testamento del padre José de Lombeyda, antiguo amigo de sor Juana, se descubrió una cláusula donde se refiere que ella le encargó vender sus libros y dar el dinero al arzobispo Francisco de Aguiar para ayudar a los pobres.
Sor Juana​ dejó 180 volúmenes de obras selectas.

Fue enterrada el día de su muerte, con asistencia del cabildo de la catedral. El funeral fue presidido por el canónigo Francisco de Aguilar y la oración fúnebre fue realizada por Carlos de Sigüenza y Góngora. En la lápida se colocó la siguiente inscripción:
“En este recinto que es el coro bajo y entierro de las monjas de San Jerónimo fue sepultada Sor Juana Inés de la Cruz el 17 de abril de 1695”.

Estatua de Sor Juana Inés de la Cruz, en la Plaza de España-Calle de Ferraz de Madrid. Crédito: Wikipedia
Estatua de Sor Juana Inés de la Cruz, en la Plaza de España-Calle de Ferraz de Madrid. Crédito: Wikipedia

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